La crisis del COVID-19 tendrá consecuencias devastadoras en la economía y salud mundial, pero también nos deja lecciones positivas. La pandemia debida al coronavirus nos tenía sumidos en una pesadilla lejana, desde el pasado 7 de diciembre, cuando se detectó el primer caso en China. Pero ha sido en esta última semana cuando nos hemos despertado todos de golpe viviendo una auténtica distopía como la que tantas veces hemos visto en la ficción.

La distopía es el estado opuesto a la utopía. Un mundo imaginario creado por la literatura o el cine que se considera indeseable, solo que ahora es real y lo vivimos en persona: gente vaciando supermercados, calles desiertas, ruedas de prensa virtuales, el gobierno declarando el estado de alarma, bolsas desplomadas… Una situación inédita y caótica que ha puesto en jaque al mundo de la noche a la mañana. Pero este virus tan contagioso que aún no tiene vacuna ni cura alguna y, las medidas extraordinarias adoptadas para combatirlo también representan un tratamiento de choque para muchos males de nuestra sociedad.

El coronavirus nos va a hacer más fuertes en muchos aspectos, cambiándonos para siempre, como ocurrió tras la crisis financiera de 2008, tal como vienen apuntando diversos analistas y psicólogos en estos últimos días. No, no es el fin del mundo, pero se acerca un gran sufrimiento para muchos, aunque sea solo por vivir un confinamiento largo e impredecible: días encerrados en casa dan para mucha reflexión.

Diez lecciones que nos deja el confinamiento por la cuarentena

  • Estar en modo lento (slow)

El confinamiento comenzó como una obligación que, de repente, nos imponía un cambio radical de rutinas. De repente, bajamos el ritmo, nos descubrimos en pareja o en soledad y tuvimos que encontrar la manera de organizar la casa, los chicos y, en muchos casos, el teletrabajo.

En ocasiones, nos cuesta ver el vaso medio lleno, sin embargo, la cuarentena puede ser una oportunidad única de aprender a valorar lo verdaderamente importante. Una manera de pasar más tiempo con uno mismo y de decidir cómo querés vivir los próximos años.

Un poco a la fuerza, la vida slow podría haber llegado para quedarse. Después de más de dos semanas en casa sabes que no pasa nada por no contestar los e-mails tan pronto como nos llegan o, que los platos se queden una noche sin lavar.  La cuarentena nos ha conectado con un ritmo de vida tranquilo, probablemente ni siquieras tengamos recuerdos de haber vivido alguna vez así, pero en parte pudimos llegar a descubrir que tnos agrada. El vivir a las corridas, siempre apurados ha quedado en el olvido y, también esas necesidades materiales que nos llevaban por un camino consumista sin necesidad. Ahora llegamos a disfrutar el tener una taza de café en la mano y mirar por la ventana antes de ponernos a trabajar, escuchar el sonido de los pájaros o del viento por la mañana es la melodía que acompaña nuestra jornada laboral.

  • Valorar la Sanidad pública

Nadie pone en duda que el coronavirus ha servido para valorar la sanidad pública y a sus profesionales. En situaciones límite como ésta, con la salud en juego, la ciudadanía puede sentirse orgullosa de su sistema sanitario, independientemente de ideologías. Desde que estalló la crisis hemos visto cómo hasta liberales y defensores de la sanidad privada daban su brazo a torcer para reconocer que realmente es imprescindible invertir en una sólida estructura de salud pública.

  • Cuidarnos y querernos

Aunque lo olvidemos, estar en casa es una manera de cuidarnos y cuidar de los demás. Estamos pensando en nosotros de una manera que, probablemente, pocas veces lo hayamos hecho antes. No salimos para evitar contagiarte y contagiar a otras personas. Toser en el codo, no tocarnos la cara, lavarnos las manos seguido, utulizar alcohol en gel, respetar el metro y medio de distancia entre personas…

Tuvo que venir un coronavirus para que aprendamos de una vez por todas la importancia de mantener una higiene básica como cortesía y responsabilidad individual, también para futuros contagios de enfermedades más leves. Ya no hay excusas. Estamos saturados de información sobre formas de evitar enfermedades, hasta tutoriales en Youtube sobre cómo desinfectar el celular o fabricar un desinfectante casero.

A quien le haya tocado pasar el confinamiento a solas, seguro aprendió algo nuevo de si mismo. La vida social, la familia y los amigos son una parte fundamental de nuestro día y que hemos visto desaparecer (aunque no de manera virtual). Esto puede afectar nuestro carácter y mermar nuestro estado de ánimo. Sin embargo, seguimos de pie y nos vemos en situaciones como: proponiendo videollamadas con la familia, el colaborar con nuestros vecinos, realizándoles compras o prestándoles el oído a personas mayores.

  • La importancia de un “te quiero”

Este virus también ha atacado una de las cualidades intrínsecas del ser humano: la sociabilidad. El aislamiento forzado nos obliga a replantearnos la importancia de la interacción social. Cuando todos estábamos buscando formas de escapar de los agotadores grupos de ‘whatsapp’, ahora resulta que no están tan mal cuando llevas 72 horas seguidas sin salir de casa. Pero los ‘chats’ solo son un alivio para lo que de verdad echamos de menos, la cercanía real.

Cuando las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realizan en el (no)  espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?” Nunca nada nos había hecho valorar tanto un beso, una caricia, un abrazo, como lo hace ahora el COVID-19.

  • Levantarnos cada día con un nuevo propósito

La cuarentena puede haber sacado nuestra mejor versión. Aprendimos a levantarnos día tras día, decididosa encontrar un nuevo propósito, a aceptar y continuar, características que no pueden faltar en una persona resiliente. Hemos sido capaces de encontrar la forma de mantener las rutinas que nos hacían bien, como sumarnos a las clases online de yoga o buscar una lista de ejercicios para no perder masa muscular durante el encierro. La cuarentena nos permite descubrir nuevos placeres como la cocina, la lectura o la meditación. Dedicarles tiempo es algo que, dificilmente, hubieran podido hacerse en otro momento.

  • Descubrir y poner en valor la solidaridad

Gracias a los aplausos de las 21 horas conocimos a muchos más vecinos, incluso de otros edificios lindantes. La cuarentena nos ha mostrado el lado más sensible y necesario de la solidaridad. Ahora somos capaces de entenderla como un gesto que, tarde o temprano, regresa a nosotros. Nos hemos dado cuenta que no hace falta tener mucho dinero o mucho tiempo para ser solidarios sino que basta con querer hacer algo bueno y positivo por los demás.

Buscamos soluciones caseras, como confeccionar tapabocas o grabarnos haciendo cosas graciosas, porque entendemos que es tan importante cuidar de los profesionales de la salud como provocar una sonrisa empática, una forma de decirnos que “juntos es más fácil superar los conflictos”. Somos conscientes de como la vulnerabilidad nos afecta sin diferencia de edad, clase social y creencias políticas o religiosas. Todos sentimos las mismas ganas de aportar un granito de arena para que esto acabe pronto y de la mejor manera posible.

  • El experimento de trabajar de manera virtual

El teletrabajo y la conciliación familiar son dos asignaturas pendientes que la sociedad venía posponiendo y de las que ahora todos nos estamos examinando a marchas forzadas. El cierre de colegios y la obligatoriedad de trabajar en casa al tiempo que cuidamos de nuestros hijos está suponiendo un experimento colectivo sin igual en todo el mundo.

Una oportunidad única para valorar los pros y contras del teletrabajo que terminará repercutiendo en la búsqueda del equilibrio perfecto entre productividad y conciliación familiar.

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

  • Creatividad desbordada

El temora la enfermedad nos ha hecho reflexionar sobre la necesidad de contacto físico pero también ha disparado la creatividad, inventando nuevas formas de relacionarnos que tal vez, alguna, se quede para siempre. Codazos en lugar de besazos, cenas por skype, cánticos desde las ventanas, conciertos ‘on line’, visitas virtuales colectivas a museos… son solo algunas de las iniciativas que han surgido para aplacar la sensación de soledad provocada por el aislamiento.

  • El cuidado a la naturaleza

El estallido del coronavirus obliga a reflexionar sobre si es la naturaleza la que responde a la agresividad de los humanos por provocar crisis como la climática. En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, (…el virus…) les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas o tapabocas pero, seguimos respirando.

También, nos invita a la reflexión sobre las peligrosas consecuencias de pasarnos de la raya con la naturaleza. Los virus son como ultracuerpos fantasmales llegados de las tinieblas exteriores e interiores. ¿Estaban agazapados, como algunos científicos y utopistas creen, en el corazón de los bosques tropicales y sin contacto alguno con el ser humano hasta que éste, tan alocado y devastador como acostumbra, puso en marcha la deforestación?

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