La personalidad complaciente dirige sus comportamientos en favor de un único objetivo: conseguir la aprobación de los demás. El resto de los intereses quedan relegados a un segundo plano, incluso los propios.

La personalidad complaciente no es una categoría clínica, pero en muchas ocasiones sí constituye una expresión de dificultades en el plano psicológico. Lo usual es que este tipo de personas sean muy agradables y bien recibidas en los entornos en los que se mueven, pero a la vez están pagando un precio alto por esto, aunque no lo noten. Lo que define a la personalidad complaciente es un condicionamiento excesivo: la mirada hacia el exterior predomina a la hora de percibir y de tomar decisiones. Las personas supeditan lo que piensan, quieren o sienten a la satisfacción de una necesidad: ganar la simpatía de los demás.

En la personalidad complaciente prima el sentimiento de responsabilidad frente al bienestar de otros, o sea, la idea de que deben procurar el bien a los demás, pues de lo contrario sienten culpa o miedo. El punto es que son capaces de pasar por encima de sí mismos y de sus propias necesidades para lograr ese cometido. Ahí está el problema. En ese sentido, podemos ser condescendientes a propósito de un temor, pero también bajo la lógica de agradarle al resto. Podemos estar reaccionando por miedo o porque le atribuimos al otro el sentirnos valorados y queridos.

¿Cómo puede gestarse una personalidad complaciente?

Se forma durante la infancia y en un contexto en el que predomina el conflicto familiar. La raíz suele estar en un padre narcisista o en una madre controladora (también narcisista) que formularon, casi siempre de forma inconsciente, un mandato al hijo para que “desapareciera”. Ese tipo de padres inculcaron la idea de que ellos siempre tenían la razón y, por lo general, silenciaron las opiniones de sus hijos. Lo usual es que también fueran sumamente inestables, con accesos repentinos e inexplicables de ira. Podían ser violentos durante esos episodios. Sus hijos no sabían a qué atenerse con ellos.

También, es posible que en la génesis de la personalidad complaciente hubiera situaciones como las siguientes:

  • Padres adictos. Generan situaciones impredecibles que provocan miedo y sensación de amenaza en sus hijos.
  • Reglas excesivamente rígidas y castigos desproporcionados a las transgresiones.
  • Relación muy conflictiva y quizás violenta entre los padres.
  • Padre o madre con personalidad histriónica. Esto es, con explosiones de dramatismo y una especie de show de dolor físico o emocional.
  • Padre o madre deprimidos o con ansiedad.

En todos estos casos, posiblemente el hijo/a aprendió a ofrecerse como mediador o como factor moderador de la situación. También, aprendió a temer y a tener dificultades para dejar salir su propia voz.

Rasgos de la personalidad complaciente

Lo que hay en la esencia de la personalidad complaciente esmiedo al conflicto, al rechazo y al abandono. Sus acciones están condicionadas por ese miedo. No actúa en función para reafirmar su yo, sino de evitar que su conducta provoque esas reacciones a las que teme. Por eso busca el bienestar de los demás sin reparar en el coste personal.

Los principales rasgos son:

  • Evitación del conflicto. Son capaces de ceder, incluso en aspectos muy relevantes, con tal de evitar que otros se disgusten o que una situación se torne explosiva.
  • Enfoque en las necesidades de los demás. No cuestionan o miran desde una perspectiva crítica las necesidades de los otros, sino que se apresuran a satisfacerlas.
  • Tendencia a culparse. Reafirmarse en algún momento o reclamar para sí alguna cosa les provoca un fuerte sentimiento de culpa.
  • Duda continua. En general, no saben cómo actuar frente a situaciones problemáticas. Dudan de sus sentimientos y de su capacidad para enfrentar dificultades.
  • Suelen ser perfeccionistas. Tratan de hacer todo muy bien. En el fondo, evitan la posibilidad de ser recriminados por algún error o descuido.
  • Baja autoestima. Solo se sienten confortados si reciben la aprobación de los demás.
  • Hipersensibilidad. Los lastima mucho la percepción de rechazo o desprecio de los otros.

Es habitual que alguien con una personalidad complaciente no sea consciente de que tiene un problema. Le parece “normal” andar a hurtadillas por el mundo tratando de no disgustar a nadie. De hecho, puede verlo como una virtud en tanto muchos, cómo no, aprobarán y exaltarán su forma de ser pacífica y sumisa. Lo más difícil es que comprendan en dónde está la frontera entre ser gente sumamente agradable y empática, y renunciar a ser ellos mismos en función de agradar y no enojar a los demás.

Para encontrar ese límite deben reorientar la relación que tienen consigo mismos. Necesitan aprender a practicar una forma de “egoísmo sano”. A veces no lo logran por sí solos, sino que requieren de ayuda profesional para conseguirlo. En cualquier caso, todo comienza cuando descubren que tienen derecho a un lugar en el mundo solo para ellos y que, por lo mismo, merecen darse la oportunidad de ser.

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