En nuestro repertorio emocional contamos con dos estados expansivos que pueden sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Identificarlas y saber manejarlas favorecerá el bienestar y poder mejorar las relaciones sociales. Las emociones expansivas orientan la voluntad, los sentimientos, la disposición y la energía física hacia el exterior. Son como una explosión que va de dentro a fuera y que proyecta todo nuestro ser a trasladar esa intensidad emocional hacia quienes nos rodean. Esos estados pueden o bien impregnar a los demás de un filtro de positividad, optimismo y festividad o bien dejar una impronta algo más adversa.

En el mundo de la astronomía se produce un fenómeno similar que puede servirnos de metáfora. Sabemos, por ejemplo, que en ocasiones, cuando las estrellas “fallecen”, lo que hacen es explotar originado un resplandor fulgurante que da paso a una supernova. Ahora bien, en ocasiones, puede suceder todo lo contrario: pueden implosionar. Cuando esto sucede, se van contrayendo hacia su interior de manera espectacular hasta formar, en ciertos casos, un agujero negro. Esa contracción también ocurre en el universo emocional y se da en estados como el miedo o la tristeza. Son emociones destinadas a reservar la energía, a protegernos, a fomentar la introspección o el estado de alerta.

Sin embargo, la conducta expansiva, aunque puede ser tan intensa, hermosa y fascinante como una supernova, no siempre es tan positiva como podemos pensar. La expansión trae muy a menudo el descontrol y, de ahí, que debamos tener muy en cuenta cuáles son estas emociones y cómo manejarlas de manera adecuada.

La ira y la alegría

Hasta el momento existe consenso en considerar que el ser humano presenta 6 emociones básicas: la alegría, la tristeza, la rabia, el miedo, el asco y la sorpresa. Bien, entre ellas, se diferencian a su vez dos tipologías que no dejan de ser interesantes: por un lado, tenemos las emociones contractivas (hacia dentro), como son la tristeza y el miedo, y por otro están las emociones expansivas (hacia fuera), como la alegría y la ira.

Por otro lado, es interesante saber que este tipo de estados expansivos suelen estar muy presentes en personas con trastorno bipolar. En esta condición psicológica es muy común, por ejemplo, que aparezca en algún instante la hipomanía, un síndrome caracterizado por la euforia, la excitación extrema y esa expansión emocional en la que todo es exagerado y desproporcionado. También, es frecuente experimentar el influjo de las emociones expansivas cuando se consume alcohol o cualquier tipo de droga. En esas situaciones, el comportamiento puede pendular entre la euforia y el drama, entre lo mejor y lo peor, como es la alegría extrema y el abismo repentino de la ira que deriva en violencia. Analicemos con detalle estos estados emocionales.

La alegría hace cosquillas, es efervescente. Produce torrentes de serotonina y dopamina que fluyen en grandes cantidades en el cerebro y nos llevan a una esfera donde la euforia lo pinta todo de color dorado. El cuerpo se acelera, la circulación sanguínea se vuelve más intensa y colorea las mejillas, haciendo palpitar el corazón… Es importante señalar que las emociones expansivas tienen tanto su lado positivo, como su reverso más problemático.

La alegría es el estado emocional más vibrante, es cierto, pero es importante considerar algunos aspectos:

  • No siempre nos permite razonar de manera objetiva o racional. Tomar decisiones en estados de euforia puede ser contraproducente.
  • La alegría es, además, una emoción que trasciende los límites del organismo para llegar hasta quien nos rodea. Podemos contagiar a otros de nuestro entusiasmo y eso como tal es positivo. Sin embargo, dada la intensidad de este estado, en ocasiones la empatía pierde intensidad y no conectamos de manera adecuada con los estados emocionales ajenos.
  • Por otro lado, la excitación excesiva que cursa a veces con la alegría, puede traducirse en imprudencia. Cuando algunas personas la experimentan, se autoperciben poderosas, con una elevada seguridad en sí mismas, lo cual puede hacer que deriven en conductas de riesgo.

La segunda de las emociones expansivas es la ira. Rechazo, amenaza, pérdida, sensación de injusticia… Este estado emocional combina cognición y activación física, es decir, la mente se llena de pensamientos cargados de rabia y, a su vez, el cuerpo experimenta tensión. Toda esa energía, a diferencia de la tristeza o el miedo (emociones contractivas o implosivas), se orienta hacia el exterior, necesita acción, necesita que actuemos. Lo más común y lo que sucede cuando este tipo de emociones se adueñan del cerebro es que el área encargada de que pensemos de manera racional, reflexiva y analítica, se desconecte. Prima la impronta de la emoción y el actuar por impulso. Es aquí donde llega el riesgo de derivar en conductas violentas.

Toda emoción cumple su función. No podemos pensar en emociones de valencia positiva o negativa, sino en estados psicofisiológicos que debemos entender y controlar. La ira, como estado expansivo, demanda acción, pero si la controlamos y la entendemos, podemos reorientarla para actuar de manera adecuada y resolver así aquello que preocupa, molesta o interfiere nuestro bienestar.

Las emociones son los astros sobre los que gira nuestra conducta. Entender su esencia nos dota de esa sabiduría tan necesaria para ser y actuar con equilibrio.

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