¿Cómo podemos entrenar la atención?

Entrenar la atención es clave para alcanzar el bienestar, controlar el estrés y reducir la ansiedad. Debemos tomar el control de nuestra mente y emociones para alcanzar la excelencia en la vida.

Para entrenar la atención debemos centrarnos en dos dimensiones que podríamos identificar como lo interno y lo externo. En un mundo tan lleno de estímulos, presiones y demandas, señala que estamos descuidando ese universo interior en el que están nuestros sentimientos, miedos y necesidades. Asimismo, quizás también estemos olvidando poner la atención en esos aspectos más importantes de nuestro entorno. Focalizar, atender, conectar, discernir, centrar, poner atención… Todos estos procesos son básicos en nuestro día a día para sacar mayor provecho de nuestra realidad. Dimensiones como el estrés, la ansiedad o la depresión son estados en los que nuestra mirada se nubla, confundiendo así los detalles con lo superfluo.

Cuando el cerebro mantiene a nuestros sentidos alerta, pendientes de mil estímulos, mientras que él se ocupa de mil pensamientos, sensaciones, emociones y preocupaciones, el mundo se vuelve caótico. Nadie puede ser productivo en un entorno semejante; más aún, nadie será feliz en un microuniverso saturado donde no cabe ni un haz de luz. En un mundo caracterizado por la distracción, estamos obligados a reenfocar nuestra mirada, a quedarnos quietos y advertir aquello que de verdad merece la pena.

La atención, igual que la mayoría de nuestros procesos psicológicos básicos, es como un músculo: se beneficia del entrenamiento. Si la ejercitamos a diario con voluntad y determinación, ganaremos en bienestar. La clave por tanto está en ser conscientes de esa necesidad. Decimos esto por un hecho muy llamativo que se está dando con frecuencia. Los dispositivos electrónicos están dotados cada día de una mayor «inteligencia». Nuestros celulares y comutadoras están sustituyendo poco a poco muchos de esos procesos que antes hacíamos por nosotros mismos mentalmente. Estamos tan supeditados a estos soportes que nuestra atención se vincula casi en exclusiva a ellos y no a esos escenarios que son los más importantes: nuestro interior y nuestro contexto social más significativo.

Poco a poco, al descuidar esas esferas pero al «contagiarnos» a su vez de tanta estimulación, informaciones, presiones y datos, acabamos agotados (infoxicados). Se produce lo que se conoce como un «sobreesfuerzo cognitivo». Es algo similar a cuando realizamos un sobreesfuerzo físico, no podemos dar más de nosotros mismos y nos debilitamos. Ese agotamiento nos hace más vulnerables a múltiples estados adversos: al estrés, a la ansiedad…

La atención es una herramienta de poder. Es poner la mirada, la voluntad y la concentración en un punto concreto. A su vez, para esa toma de posesión, necesitamos que nuestras emociones estén en armonía, en adecuada calma. Comprendiendo cuál es la anatomía de la atención nos será más fácil mejorarla.

El entrenamiento de la atención pasa por la práctica del autocontrol. Tenemos tantos estímulos a nuestro alrededor y tantas ideas, pensamientos y sensaciones en nuestro interior, que la mente poco a poco se vuelve más errática, menos centrada. La atención se relaciona de manera directa con las emociones y, por lo tanto, cuidando la primera dimensión mejoraremos la segunda. ¿ Como podemos hacerlo? La receta del autocontrol para entrenar la atención y regular las emociones, pasa por el Mindfulness o la Atención Plena.

Quien camina diariamente desconectado de su realidad interna se acaba perdiendo a sí mismo, ya sea más tarde o más temprano. Aquellos que dejan de conectarse con quien de verdad importa y con lo que es realmente valioso en su entorno, pierden calidad de vida y felicidad.  Debemos ser capaces de escucharnos, de no dejar para mañana lo que duele, molesta o preocupa hoy. Asimismo, es vital que tomemos plena conciencia de nosotros mismos en cada instante, conciencia de lo que necesitamos, de lo que merecemos, de lo que está sucediendo en nuestro interior. Por otro lado, tenemos que cuidar de nuestra empatía. Con ella, logramos conectar mejor con los demás. Con ella descubrimos qué es importante en nosotros y también en quienes nos rodean.

Pasamos gran parte de nuestro tiempo aburridas o estresadas. El simple hecho de no encontrar significado o un propósito a nuestra vida, hace que nuestra atención se debilite. No hay nada motivante, no hay estímulos y ese brillo en la cotidianidad que nos empuja a ser más creativos, a situar la mirada en lo que nos interesa pierde brío y fuerza. Algunas veces tendemos que ceder ante la realidad y descartar la idea de imponer nuestras preferencias. No siempre se tiene la suerte de tener un trabajo apasionante o una rutina llena de grandes estímulos. Ahora bien, lo mejor es que exista un equilibrio. Debemos tener propósitos, aficiones que nos apasionen, personas que den energía y alegría a nuestra vida. Los propósitos nos ayudan a centrar la atención. Además, un estado emocional que nos sea favorable también favorece una mejor gestión de los recursos atencionales.

Estos son sin duda pequeños aspectos en los que debemos reflexionar para mejorar nuestra calidad de vida. Hagámoslo, entrenemos la atención, teniendo cuidado de no perder el entusiasmo por lo que somos y tenemos.

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