La esperanza es uno de los males de la “Caja de Pandora”

El mito Griego (recomiendo su lectura ) de la caja de Pandora, nos cuenta que cuando Prometeo osó robar el fuego que portaba el dios Sol en su carro, Zeus entró en estado de cólera y ordenó a los distintos dioses crear una mujer capaz de seducir a cualquier hombre.
Diferentes Dioses del Olimpo fueron sus creadores, Hefesto la fabricó con arcilla y le proporcionó formas sugerentes, Atenea la vistió elegante y Hermes le concedió facilidad para seducir y manipular.
Entonces Zeus la dotó de vida y la envió a casa de Prometeo. Allí vivía el benefactor de los mortales junto a su hermano Epimeteo que, a pesar de estar advertido de que Zeus podría utilizar cualquier estrategia para vengarse, aceptó la llegada de Pandora y, enamorándose perdidamente de sus encantos, la tomó por esposa. Pero Pandora traía algo consigo: una caja que contenía todos los males capaces de contaminar el mundo de desgracias y también todos los bienes.

Uno de los bienes era la Esperanza, consuelo del que sufre, que también permanecía encerrada en aquella caja.

Y es que, por aquel entonces, cuentan que la vida humana no conocía enfermedades, locuras, vicios o pobreza, aunque tampoco nobles sentimientos. Pandora, víctima de su curiosidad, abrió un aciago día la caja y todos los males se escaparon por el mundo, asaltando a su antojo a los desdichados mortales. Cuentan que los bienes subieron al mismo Olimpo y allí quedaron junto a los dioses. Cuando se hubo abierto la caja, lograron cerrarla apresuradamente, quedando la esperanza dentro de la caja.

Para los griegos, la esperanza no es un regalo, sino es una desgracia, una tensión negativa, ya que esperar es estar siempre en falta de algo, es desear lo que no se tiene y, en consecuencia, estar en cierto modo insatisfecho no sentirse completo.
Cuando se espera sanar es que se está enfermo; cuando se espera un trabajo es que no se tiene, cuando se espera ser rico es que se es pobre, de manera que la esperanza es mucho más un mal que un bien.

Se dice comúnmente que la esperanza podría sentirse como un motor movilizador, da sentido a la vida. La esperanza parte del hecho que hay un futuro al que debemos aspirar dado que se justifica al superar el presente y mejorarlo. Pero el punto de enunciación de la esperanza es siempre el futuro, a ella el presente no le importa, ella siempre es meta.

La sabiduría popular suele decir a menudo que “la esperanza es lo único que se pierde”.
Pero como toda cara de la moneda, tiene su parte negativa. El mito es claro, Pandora portaba consigo todos los males dentro de esa ánfora incluida la esperanza como uno de ellos. Pero curiosamente, se ha interpretado de manera tradicional a la esperanza como aquello que nos dice que no todo está perdido, como aquello que configura una particular confianza en el presente y una expectativa firme en el futuro. En ese sentido la esperanza cumple una función de velo que no nos permite asumir al mundo como aquello que ya está perdido y desde ahí emprender su transformación hacia algo distinto.

La esperanza no es sino otro de los nombres del miedo. Al romper con la esperanza, con los dioses, se crean nuevos valores con los cuales se crean también nuevas prácticas de libertad. Desde esta perspectiva, esta es la cara negativa de la moneda.

No hay peor esperanza que la de la espera de un amor que nunca llega, de que la suerte cambie, etc. De hecho, para comenzar un duelo, es necesario despojarnos de la esperanza.
La esperanza nunca debe ser vista como buena o mala, sino que debe evaluarse en función del hecho puntual que nos toca vivir y con el cual dicha esperanza se relaciona. Lo importante es encontrar el punto límite en el que la esperanza se convierte en nuestra destrucción.

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