Entre todas las capacidades mentales que nos distinguen del resto de animales, la de pensar en términos abstractos y representar ideas complicadas mediante palabras es un de las más increíbles. Sin embargo, algo aún más increíble es que no solo utilizamos esos conceptos abstractos para poner nombre a lo que nos rodea, sino que, además, somos capaces de pensar en cómo pensamos y en cómo sentimos. Posiblemente formamos parte de la única especie.

Lo que ocurre es que damos por asumido este hecho y no nos detenemos a examinar el potencial que tiene, sus implicaciones. Es por eso que pocas personas están familiarizadas con la plasticidad emocional, nuestra capacidad de adaptarnos a cada situación mediante las emociones y sentimientos.

La plasticidad emocional es nuestra capacidad de no limitarnos a experimentar los estados emocionales de forma pasiva, sino hacer que formen parte de nuestras estrategias de adaptación a los retos del día a día. Hay que tener en cuenta que ni las emociones ni los sentimientos existen simplemente para enriquecer nuestra experiencia subjetiva de lo que es vivir. Están ahí porque cumplen una función: guiar nuestro comportamiento hacia objetivos que nos suelen convenir en cada momento.

El concepto de plasticidad emocional se deriva de otro que proviene de las neurociencias, la plasticidad neuronal. Este último proceso tiene que ver con el modo en el que estas células nerviosas “aprenden” a conectarse entre sí siguiendo patrones que nos resulten útiles bajo ciertas circunstancias. Por ejemplo, cuando aprendemos a leer ciertas neuronas que se activan cuando una parte del brazo está en determinada posición empiezan a asociarse de un modo más eficaz con las que se activan cuando una parte del tórax se encuentra en la posición que facilita ese movimiento. Del mismo modo, se ha visto que en muchos pacientes que han sufrido lesiones en el cerebro las partes sanas aprenden a desempeñar las funciones que realizaban los tejidos neuronales dañados o desaparecidos. Incluso hay personas que a pesar de haber nacido sin grandes porciones de su encéfalo, se desarrollan y viven con relativa normalidad.

Los seres humanos podemos utilizar las emociones como apoyos, recursos para guiar nuestras acciones de manera eficaz. Si bien tendemos a pensar que la racionalidad hace que nos acerquemos más a los objetivos y que son las emociones y sentimientos las que nos alejan de estos (como obstáculos o elementos que nos distraen de lo importante), esto no tiene por qué ser así. Por ejemplo, la mezcla de miedo y estrés que solemos experimentar horas antes de un examen hará que sea más probable que repasemos conocimientos, algo que en condiciones normales supondría un esfuerzo nada atractivo. Las emociones nos llevan a la acción, nos demos cuenta de ello o no.

Formas en que podemos aprovechar nuestra plasticidad emocional

  • Sentido de la compleción: los seres humanos tendemos a sentirnos mucho mejor cuando notamos que hemos cumplido un objetivo. Sin embargo, cada una de estas metas puede ser dividida en pequeños hitos, pasos que hay que realizar. Cuando veamos que nos enfrentamos a una tarea bien complicada y larga que resulta intimidante, hay que dividirla en pequeños sub-objetivos, cada uno de los cuales pueda ser completado en una hora o menos. De este modo nos estamos “obligando” a cumplir con esas pequeñas metas asumibles para poder sentirnoste bien cuando hayamos llegado al final de cada una de ellas.
  • Empatizar para conectar: conocer gente nueva puede ser intimidante y complicado, pero esos momentos de frialdad al inicio de una conversación con desconocidos pueden pasar rápido si mandamos las señales adecuadas que permitan empatizar. Contar una breve historia que resulte interesante y hable sobre cómo somos y cómo sentimos, por ejemplo, suele servir para involucrar a los demás en diálogos estimulantes en los que cada uno habla con honestidad. Eso sí, asegúrate que el tema de esa mini-historia venga al caso.
  • Crear narraciones para entender mejor las cosas: hay muchas cosas que aunque resultan aburridas, necesitamos estudiarlas y aprenderlas. Para facilitar el estudio, podemos inventar narraciones que contengan esa información relevante. Esto es un ejemplo de plasticidad emocional porque nuestra tendencia a empatizar puede hacer que nos interesemos por las vivencias de los personajes ficticios de estas narraciones, memorizando los datos relacionados con estas historias con mayor facilidad.
  • Formas de resiliencia: la resiliencia es nuestra capacidad de reponernos psicológicamente después de pasar por crisis o tragedias. Aunque no lo parezca, esto casi siempre involucra formas de plasticidad emocional. Simplemente, hay que centrarse en esos objetivos que asociemos a la sensación de estar construyendo algo útil. Las ganas de progresar y la satisfacción que produce avanzar hacia una meta hará que dejemos de obsesionarnos con problemas (hasta cierto punto, artificiales) que nos solían atemorizar y atar al pasado.

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