Cómo diferenciar el amor de la dependencia emocional

La dependencia emocional, es una deformación del amor. El amor necesita del respeto, de la comprensión, de la tolerancia y del acuerdo entre las partes. Y más allá de las afinidades, son dos personas diferentes, cada una con su historia y experiencia de vida.

Si descreés de la autonomía personal como una pieza fundamental de la unión de pareja. Si volcás todo en la relación y cada intento de libertad personal se vive como abandono o transgresión a las reglas. Si la ansiedad te juega malas pasadas cuando el otro no está. Si vivís de reclamo en reclamo, entonces, hay que pretar muchísima atención: podés estar envuelta en una relación de dependencia emocional tóxica.

Si el amor no es dependencia, ¿qué factor convierte a este sentimiento en una necesidad imperiosa de que el otro esté presente? La respuesta está en las carencias y los vínculos de apego.

Muchas se producen durante la niñez por privaciones, violencia, abusos y también por el exceso de protección. Estas relaciones necesitan imperiosamente que el otro esté presente, no importa cómo, pero que esté. Y no solo por la presencia, sino por el miedo a estar solos, sentimiento que recibe el nombre de “ansiedad de separación”. Amar y ser amado es el sentimiento más profundo y gratificante del ser humano, nos brinda felicidad, nos potencia como personas y amplía nuestros horizontes. Por el contrario, la dependencia conduce al sufrimiento y a conductas patológicas de sumisión que tienen por objetivo evitar a toda costa la soledad y el abandono.

Los reclamos se convierten en moneda corriente. En el relato de las personas dependientes, la frase que perdura es: “no puedo dejarlo, lo amo demasiado” o “me desespera pensar que no esté conmigo”. Esta forma de relación suele comenzar como un fuerte enganche pasional, propio de los primeros meses, hasta que se va convirtiendo en una constante; la pasión se torna necesidad imperiosa, el deseo es impulso porque el otro esté. Las consecuencias de la dependencia amorosa comporta la presencia de celos, violencia psicológica y física, angustia, depresión, deterioro de la funciones parentales, hijos rehenes de los conflictos entre los padres, aislamiento social, postergación de los proyectos personales. La relación se estanca en un comportamiento dañino y reiterativo.

Otra señal, es que “él o la dependiente” requiere de consejo permanente para tomar cualquier decisión de la vida cotidiana, necesita la aprobación urgente del otro porque carece de confianza en sí mismo y en sus propias capacidades. La ansiedad producto del temor a la separación los lleva a sostener relaciones desequilibradas y de mucho sufrimiento.

Para los miembros del vínculo codependiente se les hace difícil poner en palabras qué es lo que los mantiene unidos, aun cuando medie entre ellos la violencia. Existe “un enganche” que supera las palabras o cualquier explicación racional. Son las emociones (que tienen como epicentro la ansiedad) las que se convierten en insaciables. Por tal motivo, la presencia del otro no es suficiente para estar calmos. La persona dependiente sigue reclamando una presencia que el otro no puede satisfacer y viceversa, esto provoca conflictos permanentes como si llegar a esos extremos de discusión y violencia fuera la manera de lograr alguna serenidad.

Cabe aclarar que esta problemática es territorio exclusivo de las relaciones sexo afectivas: las madres no dejan en libertad a sus hijos y estos eligen vivir bajo sus alas; los amigos se nutren solo de lo que cada uno se brinda mutuamente y no existe otra apertura a lo social. No obstante, es en las relaciones amorosas en las que observamos los mayores grados de dependencia y las consecuencias más graves. El vinculo exige de mucha maduración y diálogo para salir de ese estancamiento. 

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