La vida no siempre es fácil. De hecho, casi nunca es sencilla o al menos así nos lo parece. Lo que ocurre es que la mayor parte de nuestro sufrimiento lo escondemos en nuestro interior con la intención de disimularlo a los ojos de los demás. Solo nosotros sabemos la ubicación exacta de nuestras heridas y lo vulnerables que nos hacen; solo nosotros podemos hacer que estas sanen recogiendo cada uno de nuestros pedazos rotos para ser más fuertes.

Todos tenemos nuestras zonas vulnerables, esas que nos da vértigo mostrar a los demás, pero que precisamente son la oportunidad para avanzar. Porque ser vulnerable no es ser débil, sino la medida más precisa de nuestro valor. Todos somos vulnerables de alguna forma: tenemos heridas, miedos, sentimos vergüenza e incluso evitamos ciertas situaciones para alejarnos del sufrimiento y la incomodidad. Lo que ocurre es que a la mayoría de nosotros nos aterra aceptarlo, nos da vértigo eso de que nos hagan daño, de no tener garantías y ser conscientes de que, al igual que Aquiles, también tenemos nuestras zonas vulnerables, esas que están relacionadas con el temor a exponerse, dudar o experimentar riesgo emocional. Lo cierto es que son necesarias para ser valientes, para ir más allá de nuestros miedos.  Aunque vivir una experiencia que nos rompe por dentro es sin duda uno de los trances más duros a los que tenemos que enfrentarnos, también supone una oportunidad para tomar conciencia, reestructurar la forma en que entendemos el mundo y tras pasar un tiempo, reconstruirnos de nuevo.

Nadie está a salvo del sufrimiento. Y, a pesar de que la mayoría de las veces intentemos huir de él o esconderlo para disimular su presencia, esto no impide que nos siga afectando y que siga ejerciendo su influencia. Una influencia que, por otro lado, ahora vemos menos, ya que la oscuridad nos impide identificar o anticipar sus movimientos. Algunos maquillarán sus sentimientos negativos con falsas sonrisas, otros realizarán mil y una actividades para no dejar ni un minuto libre que les haga reflexionar y otros puede que se mientan a sí mismos con la intención de parchear su malestar. Y dentro de ese algunos o ese otros estamos también nosotros, ya sea de manera puntual o como abonados a la costumbre. El problema está en que por muchos obstáculos que queramos poner, el sufrimiento tarde o temprano saldrá a escena con la intención de rompernos. Ya sea a través de un dolor físico o emocional.

Lo queramos o no, el sufrimiento forma parte de la vida. El peligro está cuando este se hace tan pesado y adopta tantas formas que se acaba prolongando en el tiempo y se termina experimentando como un estilo de vida, empañando nuestro alrededor de un color gris oscuro, casi negro. Si bien es cierto que algunas personas desarrollan trastornos o verdaderas dificultades a raíz de su sufrimiento, en la mayoría de los casos esto no es así. Algunas incluso son capaces de salir fortalecidas tras esa vivencia traumática. Una experiencia que les causa dolor, pero que también les hace crecer y de la que de alguna manera sacan un beneficio. Hay personas que resisten con insospechada fortaleza los embates de la vida. La razón se encuentra en su capacidad de resiliencia, a través de la cual consiguen mantener un equilibrio estable sin que la experiencia traumática y de dolor afecte demasiado a su rendimiento y vida cotidiana.

Esto nos lleva a pensar que somos más fuertes de lo que creemos.Que aun cuando nuestras fuerzas flaquean existe un pequeño rayo de luz que nos ilumina para que recojamos nuestros pedazos rotos y así podamos recomponernos. Es el amanecer de nuestra resiliencia, el momento exacto en el que nuestras tristezas y el peso del sufrimiento dan paso al poder sanador de nuestra fortaleza para resistir y rehacernos de nuevo. De modo que no se trata de ignorar lo que sentimos, sino de aceptarlo como aprendizaje de vida y de atravesarlo con los ojos abiertos. Aún cuando la vida nos golpea con gran intensidad y es capaz de rompernos, la capacidad de sentirnos fuertes nos ayuda a superar lo que estamos viviendo y recomponer nuestra identidad, recogiendo uno a uno nuestros pedazos rotos. Esa es la resiliencia, una de las capacidades más bonitas que tenemos y que a todos deberían enseñarnos en la escuela. Aprender a sanar nuestras heridas, tratarlas con cariño y extraer de ellas su mayor aprendizaje. Pero, ¿cómo hacerlo?

Existen algunos factores que si los fomentamos potenciarán nuestra capacidad de resiliencia y nos ayudarán a recoger nuestros pedazos rotos para reconstruirnos como:

  • La seguridad en uno mismo y en nuestra capacidad de afrontamiento.
  • Aceptar nuestras emociones y sentimientos.
  • Tener un propósito significativo de vida.
  • Creer que se puede aprender no solo de las experiencias positivas, sino también de las negativas.
  • Tener apoyo social.

Afrontar experiencias de dolor nos asusta, pero escapar de ellas lo único que hace es prolongar nuestro sufrimiento, que mute en una forma más peligrosa. La verdadera valentía consiste en continuar a pesar del miedo, en seguir adelante cuando nuestro cuerpo tiembla y se hace pedazos por dentro. En la vida, aunque necesitemos un tiempo para asimilar lo sucedido y estar a solas con nuestro sufrimiento. En esta soledad nace la pausa que nos permite comprenderlo, se trata de seguir caminando a grandes pasos o a pasos pequeños. Porque no es más fuerte la persona que menos cae sino aquella que es capaz de levantarse fortalecida tras sus caídas.

Por otra parte, la mayor parte del sufrimiento que sentimos (no todo) se han desarrollado a partir de una experiencia de dolor, que no deja de ser la vivencia de la pérdida de algo o alguien a quien amamos. Así, cuando esta pérdida no la aceptamos, nos resistimos y nos empeñamos en que las cosas sean de otra forma estamos dando paso, sin saberlo, al sufrimiento. La vulnerabilidad no es debilidad, sino la medida más precisa de nuestra valor. porque, cuando nos mostramos vulnerables nos mostramos tal y como somos: imperfectos, sin filtros ni apariencias, en nuestra forma más auténtica. Aceptar la vulnerabilidad implica reconocer que se tiene heridas y asuntos pendientes, que ciertas experiencias generan dolor y sufrimiento, pero que se aceptan como parte de uno mismo. Y, sobre todo, implica que se es sincero y que se apuesta por una conexión verdadera con los demás. Porque, ¿cómo van a querernos si no pueden vernos tal y como somos? La vulnerabilidad es el lugar de nacimiento de la conexión y la ruta de acceso al sentimiento de dignidad.

Ahora bien, en un mundo en el que impera la tiranía de la perfección no es fácil lidiar con esto. A día de hoy, ser vulnerable tiene una connotación negativa. De ahí que nuestra tendencia sea ocultar lo que nos hace sentir más frágiles, más indefensos y menos válidos. Huímos de todo aquello que nos recuerda que no somos perfectos, que cometemos errores y que de algún modo nos hace pasar vergüenza. Por ejemplo, querer tener siempre la razón, creer que se tiene la vida perfectamente controlada o que no se es culpable de nada son solo formas que algunas personas ponen en marcha para evadirse del sentimiento de incomodidad y del dolor. Sin embargo, esta huida solo conlleva un rechazo hacia lo que uno es, un destierro hacia la invisibilidad que deriva en la no aceptación de uno mismo. Y así es imposible que germinen las semillas de la valentía y el cambio porque únicamente estamos rodeados de miedos. Reconocerse como vulnerable es atreverse a dar la cara y dejarse ver, arriesgarse a que los demás nos vean tal y como somos: con fortalezas, pero también con heridas e inseguridades. Es mostrarse sin máscaras y abandonar la idea de llegar un día a ser perfectos e inmunes, porque como dice Brené Brown, eso no existe en la experiencia humana.

Ser valiente es reconocerse en primer lugar como vulnerable. Se trata de apostar por uno mismo, por aquello en lo que se cree a pesar de las inseguridades; de dar un paso adelante cuando el cuerpo tiembla y se hace pedazos por dentro, de continuar aun sin garantías. Ser valiente consiste en implicarse, pero no de forma superficial, sino de verdad: teniendo en cuenta que puede que salga bien o no, pero que lo importante es intentarlo cuando no podemos controlar el resultado. Implica abandonar la comodidad, para decidir qué hacer y hacia dónde ir.

Así, en lugar de esperar a que todo suceda como imaginamos y a que llegue la ocasión perfecta, tenemos que atrevernos y arriesgarnos, porque, por mucho que queramos, hay muy pocas cosas que están aseguradas en esta vida. Lo que ocurre es que esto no es posible si uno no acepta ser vulnerable. Por todo ello, la valentía está directamente relacionada con la vulnerabilidad, pues no se trata de no tener miedos, sino de trascenderlos; de tener el coraje suficiente para enfrentar las situaciones que se nos presentan en nuestro día a día, a pesar del miedo, de la vergüenza y de cualquier otro sentimiento que nos impida avanzar.

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