La paciencia: un signo de inteligencia emocional

La PACIENCIA y la tolerancia son herramientas para controlar nuestras reacciones, por eso van casi “pegadas” a la inteligencia emocional, en una sociedad donde, muchas veces, manda la agresión.

Resulta raro hablar de paciencia en este mundo donde lo que manda es la inmediatez y los resultados. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esta virtud es una forma de inteligencia.
Pero desde que el mundo es mundo, las religiones más antiguas plantean sobre la paciencia, el budismo por ejemplo, define a la paciencia como “un antídoto puntual contra dos grandes “venenos” que están metidos en nuestro día a día: la ira y la agresión”.

Todos nos enojamos. Todos sentimos dolor. Como seres humanos, nos relacionamos con los otros, generamos expectativas, demandamos y muchas veces sufrimos porque las cosas no son como quisiéramos que sean. Ese sufrimiento -del cual nadie está exento- tiende a transformarse en agresión. La violencia, aún en niveles mínimos como puede ser la burla o el comentario irónico, es moneda corriente en nuestros vínculos y genera, claramente, más violencia.

Son muchos los consejos que recibimos para mantener la calma y bajar los decibeles, pero en la práctica, no parecen ayudarnos demasiado. La paciencia es la clave para desactivar el engranaje de la violencia que engendra más violencia. Es una manera de desarmar el conflicto.

Frente a situaciones en las cuales nos sentimos agredidos, sufrimos. Según las enseñanzas budistas, a ese sufrimiento le sigue una especie de energía interior que nos impulsa a resolver la situación. Eso es la ira, una especie de fuego que nos consume desde adentro y se materializa en una respuesta, en una reacción colérica. Cuando escuchamos algo que no nos gusta, decimos cosas hirientes con el único fin de escapar del dolor de la agresión. Somos maestros del contragolpe.

Frente al enojo, por ejemplo, tratamos de resolver el conflicto con una acción concreta: vencer al “enemigo”, es un acto biológico, e irracional, de nuestro cerebro emocional y mamífero, que como podemos apreciar está muy lejos de nuestra respuesta más humana. La ceguera racional que nos habilita hace que no podaos advertir que así lo único que hacemos es generar más violencia.

Entonces volvemos al comienzo : debemos desactivar la ira y, recurrir a la paciencia. Detenerse y esperar. No hacer ni decir nada. Observar ese fuego, esa energía que nos impulsa a reaccionar, pero no hacerlo. Esto no significa reprimir. En el momento en que surge el enojo, somos conscientes de que está surgiendo y está creciendo, pero en lugar de seguir su impulso como autómatas, elegimos quedarnos quietos, observando, dejando que suba y después se disuelva.

Muchos ignoramos que las emociones tienen un ciclo y que, si no actuamos impulsivamente, se disuelven solas, no duran demasiado. Es un desafío interesante. Las emociones se manifiestan como muchas plastilinas de colores juntas, cuando están todas mezcladas surge un marrón indescifrable, poder separarlas nos permitirá saber utilizar cada color, cada emoción en su punto justo y sentirnos menos abrumados para que la paciencia surja con mayor facilidad.

Sabemos que nos estamos enojando, pero elegimos no reaccionar. Decir o hacer algo cruel para escapar del sufrimiento no nos lleva a ningún lado, o por lo menos a ningún lado bueno.

Si nos adentramos al plano de la psicológía, debemos conocernos que mientras estemos abrumados con diferentes emociones sin poder clasificar cual es el origen de algunas de ellas, quizás la causa está allí nomas, pero no podemos distinguirla, esta situación hará que reaccionemos por fuera de la paciencia.

La paciencia no es un gesto para el otro que nos lastima, es -sobre todo- un beneficio para nosotros mismos. Observar ese fuego, esa energía que nos impulsa a reaccionar, pero no hacerlo. La paciencia sirve para estar mejor, para controlar la reacción y no materializarla en un contragolpe.

Para no enojarse, se requiere mucha templanza. Probablemente fallemos más de una vez. Pero vale la pena intentarlo porque nos permite conocernos más y saber ante qué reaccionamos. Tal vez, cambiar la perspectiva nos ayude a no echar más leña al fuego y a vivir una vida más tranquila.

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